21/7/09

DEUS É BO, PERO O DEMO NON É MALO... (I)



- ¡¡¡Tienen ustedes un minuto para desalojar, pasado ese tiempo cargaremos!!!


La voz del capitán Centella, responsable de la compañía de antidisturbios desplegada ante nosotros y acantonada en mi ciudad, (disculpen, pero así era lenguaje oficial). Estalló con estruendo a través de su megáfono sobre las mil quinientas personas aproximadamente que cortábamos el tráfico ante la sede del Gobierno Civil.


No importa cuál era el motivo, aunque sepan ustedes que lo había y era muy justo, tanto que ustedes también habrían estado.

- ¡¡¡Van diez segundos!!!


Este segundo aviso, sirvió para que los que estábamos por las primeras filas nos agarráramos con fuerza por los brazos… Allí, sujeto a mí o yo a él, un señor mayor, con los dientes apretados miraba a Centella, como retándolo. Era Mundo... Así conocí a Mundiño.


La segunda parte de la escena, aporta poco a la historia que les quiero contar, pero sepan ustedes, que Centella, -como era habitual en él-, ordenó cargar cuándo iban treinta segundos, incumpliendo el plazo inicial dado. La carga provocó la desbandada, escenas de pánico, y coches camuflados de la policía, derrapando, persiguiendo al personal por la aceras…


Corrí, todo lo que pude, me caí una vez, y salí por una de las callejas paralelas al gobierno civil…Pasaban los grises “dando cera” a todos los que iban por la calle sin distinción, el objetivo era amedentrar y escarmentar. Yo, separado de mis compañeros, me refugié en un portal, echándome hacia atrás para ganar la oscuridad del fondo…


- ¡Pilara, carallo, ven xunto de mín, non soltes!, ¡¡Agárrate e corre!!


Al otro lado de la calle, Mundo arrastraba a una mujer, mayor, enlutada hacia el portal cuyo fondo yo estaba ocupando, los “zetas” de color blanco y los “landrrover” de gris-plomo, pasaban veloces por la calzada y por las aceras persiguiendo al personal… Entraron ambos en “mi” portal…

- ¡Veñan por eiquí, no fondo! –susurré o creo que lo hice-.


Allí estábamos los tres, en el hueco que dejaba el primer tramo de la escalera que subía al primer piso, esperando a que “escampara el temporal!; pasaban “los grises” con la pantalla de su casco bajada y la porra en alto, gritando cosas ininteligibles pero que sonaban amenazadoras. Mundo y yo, pegados de nuevo, con Pilara detrás temblando, no por miedo, sino por la carrera… Buena era Pilara, como para tener miedo. Lo supe más tarde.


Me fijé en que Mundiño, -que entonces era solamente “un señor mayor”-, iba vestido con un traje negro arrugado y descolorido por el uso y tenía destrozada la chaqueta por una manga y el bolsillo del mismo lado de manera irreparable, la camisa blanca y con el cuello solapero retorcido no admitía plancha desde el principio de los tiempos…


Jadeaba, pero seguía con la misma expresión retadora de cuándo se agarró a mí o yo a él, hacía unos escasos minutos.


Su rostro era muy moreno, con profundos surcos en su piel que más tarde supe que eran producto de la firmeza, la salitre y de la intemperie. Peinado con raya a un lado, ojos intensamente negros y muy brillantes, con una profundidad en la mirada que sólo se adquiere cuándo se pasan horas, días y años mirando el horizonte o escudriñando a través de la niebla.


Al cabo de unos minutos, no tengo ni idea de cuántos, nos fuímos acercando a la puerta, hasta que con un "¡Ata logo!", nos fuímos unos hacia un lado y el otro en sentido contrario.


(Fin primeira parte).


No golfo ártabro, cándo van vinteun días do mes de xullo de 2009

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