27/1/10

Curiosa forma de gobernar

Extraño Gobierno aquel cuya prioridad política consiste en desmontar todo lo que funciona razonablemente bien sin mostrar capacidad alguna para abordar los nuevos retos a los que se enfrenta la sociedad que dirige. Por desgracia, eso precisamente es lo que está sucediendo con la acción política de la Xunta de Galicia.

Todos ustedes recordarán la contundencia con la que Núñez Feijóo exigió a Pérez Touriño que acelerase el traspaso de poderes tras las elecciones del 1-M. El actual presidente de la Xunta basaba su reclamación en la necesidad de articular soluciones urgentes a la grave crisis económica que padecemos y a su principal efecto social: el desempleo galopante. Pues bien, transcurridos nueve meses desde su llegada a la presidencia de la Xunta, Feijóo no ha tomado una sola medida, ni ha hecho una sola propuesta para poder hacer frente a la crisis y al paro, cuestiones que el propio Feijóo, con razón, consideraba cuando era oposición como los principales problemas que afligen al país, y a cuya solución había que subordinar todo lo demás.

Espero que el próximo jueves, el Gobierno gallego presente a los agentes económicos y sociales un proyecto económico serio -no un simple desiderátum- en el que se fijen plazos concretos de ejecución y exista coherencia entre los medios y los fines propuestos. Porque hasta el momento, Feijóo no ha centrado su esfuerzo en estas decisivas cuestiones, sino que se ha dedicado a dinamitar los consensos políticos existentes, dividir a la ciudadanía y a generar una fractura social de imprevisibles consecuencias. Curiosa forma de gobernar.

Pero todavía peor que las medidas que ha tomado son los argumentos con los que pretende justificarlas. Primero intentó reducir la protesta social contra su política lingüística al ámbito del nacionalismo, al que trató como si de un grupo de apestados se tratase, lo que, sin embargo, no fue obstáculo para que el presidente de la Xunta pactase con el BNG nada menos que el futuro de nuestro sistema financiero. Sin comentarios. Después identificó la contestación social a su Gobierno con un grupo de radicales, pero cuando aquélla alcanzó una amplitud y una pluralidad inusitada, que abarca a la Real Academia Galega, al conjunto de la oposición, a la totalidad de los sindicatos, a numerosas y prestigiosas instituciones sociales y culturales hasta alcanzar a la federación de colegios católicos -la principal patronal de la enseñanza privada-, entonces a Feijóo y a su inefable conselleiro de Educación no se les ocurrió otra salida que afirmar que la mayoría de la ciudadanía les había respaldado en las elecciones y que tales instituciones, por muy respetables que fueran, no representan a la sociedad.

Tales declaraciones merecen tres precisiones. La primera, que la mayoría electoral que faculta para gobernar no desposee a la oposición de sus derechos de control y crítica al Ejecutivo, ni puede limitar el derecho constitucional de los ciudadanos a expresar su opinión respecto a la acción del Gobierno. Segunda, que cuando los ciudadanos votan a un partido político no muestran el mismo entusiasmo por todas y cada una de las medidas que dicho partido propone en su programa electoral. Por eso en varios países europeos y en muchos Estados de Norteamérica el día de las elecciones para elegir diputados, senadores, alcaldes o gobernadores, se someten a referéndum, simultánea y separadamente, determinadas materias que se sustraen de hecho a la confrontación electoral propiamente dicha. Es evidente que el 1-M en Galicia se celebró una consulta electoral para elegir el Parlamento y no un referéndum sobre el modelo lingüístico del país.

Finalmente, convendría que Feijóo no perdiera de vista que el Gobierno que preside es el más débil de los últimos veinte años. En efecto, desde 1993, Fraga dispuso siempre de mayoría absoluta en escaños y votos. Lo mismo sucedió con el bipartito, que además de mayoría parlamentaria cosechó 100.000 votos más que el PP en las elecciones de 2005. Por eso cuando Feijóo invoca la mayoría social que le respalda no debería olvidar que en las últimas elecciones obtuvo un solo diputado de diferencia con la oposición y 5.000 votos menos que ésta, lo que, sin duda, le legitima para ejercer el Gobierno pero de ninguna manera para erigirse en el representante de la mayoría silenciosa, negando a los demás toda representatividad.

Cambie de rumbo, señor presidente, y no se empeñe en querer echar la realidad por la puerta, porque aquélla, como recordaba el viejo Engels en el Anti-Dühring, volverá a entrar por la ventana.

ANXO GUERREIRO
27/01/2010

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